16.4.13

Zizek y la Utopía


"Para mí la utopía política verdadera no es un sueño, es inventar una nueva forma de vida para poder sobrevivir. Así todas las utopías auténticas son, en ese sentido, un producto de la emergencia"
Intervención del filósofo esloveno Slavoj Zizek en Buenos Aires.
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13.12.12

La vida es un soplo. Oscar Niemeyer

“La vida es un soplo. Todo acaba. Me dicen que después que yo muera, otras personas verán mi obra. Pero esas personas también morirán. Y vendrán otras, que también se irán. La inmortalidad es una fantasía, una manera de olvidar la realidad. Lo que importa, mientras estamos aquí, es la vida, la gente. Abrazar a los amigos, vivir feliz. Cambiar el mundo. Y nada más”
Oscar Niemeyer
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15.10.12

4.4.11

Velázquez - Echevarría - De Souza / Procedimientos diagramáticos

Este es el libro, en versión digital, producto de la investigación "Procedimientos diagramáticos, indagatoria sobre las metodologías proyectuales contemporáneas", realizada por Raúl Velázquez, Luciana Echevarría y Lucio De Souza.



Cartografía final

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20.3.11

Zigmuntg Bauman / Modernidad Líquida

El libro Modernidad Líquida, del pensador polaco Zigmuntg Bauman, que se puede leer en línea o descargar.
"En el planteamiento de Bauman la búsqueda de la identidad es la tarea y la responsabilidad vital del sujeto y esta empresa de construirse a sí mismo constituye al mismo tiempo la última fuente de arraigo.

Bauman plantea que en la modernidad líquida las identidades son semejantes a una costra volcánica que se endurece, vuelve a fundirse y cambia constantemente de forma. El autor plantea que éstas parecen estables desde un punto de vista externo pero que al ser miradas por el propio sujeto aparece la fragilidad y el desgarro constante.

Según sus planteamientos, en la modernidad líquida el único valor heterorreferenciado es la necesidad de hacerse con una identidad flexible y versátil que haga frente a las distintas mutaciones que el sujeto ha de enfrentar a lo largo de su vida.

La identidad se configura como una responsablidad reflexiva que busca la autonomía del resto y la constante autorealización y que además está abocada a la constante inconclusión debido a la falta de un telos en la modernidad tardía.

Entiende que la felicidad se ha transformado de aspiración ilustrada para el conjunto del género humano en deseo individual. Y en una búsqueda activa más que en una circunstancia estable, porque si la felicidad puede ser un estado, sólo puede ser un estado de excitación espoleado por la insatisfacción. El exceso en los bienes de consumo nunca será suficiente."

Se accede al libro siguiendo este enlace: Modernidad Líquida, 
o se lee desde aquí mismo:

Bauman Zygmunt - Modern Id Ad Liquida
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20.1.11

Angela Perdomo / La densidad de la vida

En el mes de diciembre pasado, salio en Patio un comentario sobre el Pabellón de Uruguay en la Bienal de Arquitectura de Venecia en el cual el autor reivindicaba --no queda muy claro si con convencimiento o resignación – la contemporánea cultura de la imagen.1

Mundo de imágenes que se vuelve irrenunciable para el autor, al reconocer que la fotografía como herramienta de registro de la arquitectura, --en tanto ésta es un hecho físico reproducible en dos dimensiones--, pasaba a ser un instrumento esencial en el aprendizaje de la disciplina.

Es posible coincidir desde el momento que para saber, es necesario conocer. Una forma de conocer es fotografiar.
Pero para conocer no alcanza con mirar. En tal sentido, la fotografía implica una forma especial de mirar que tiene que estar acompañado de la intencionalidad subjetiva que transforma el simple ejercicio visual en percepción.

Así la fotografía es un ejercicio intelectual que transciende la mera técnica del registro más o menos habilidoso de captar la luz que define los volúmenes y las formas.
Detrás del lente, existe la mirada que transforma la imagen en tema.
Marshall Mcluhan –citado por el autor de la nota--, no confunde medio con mensaje, sino que explica como la prolongación de los sentidos por algún nuevo instrumento técnico afecta la percepción humana, sus conocimientos, sentimientos y valores.2
Lo cierto es que la fotografía es una magnifica herramienta de registro y bien utilizada, trasmite mucho más que la simple imagen que se puede sacar de Internet. (Seguramente realizada por profesionales idóneos en fotografía y con equipos y lentes más apropiados).
El viajero aprende vivencialmente. La fotografía es el registro de la vivencia.
El fotógrafo registra un instante de la vida exterior y la traduce en una forma de ver que se completa cuando otro descubre a través de su personal interpretación, lo que ese tema le sugiere.
Por eso la fotografía se transforma en vehiculo cultural, que trasciende la imagen por la densidad de la vida que registra.

Allí, en las múltiples dimensiones del registro, se esconde el valor cultural que encierra el decodificado significado del mensaje.

No alcanza con ser buen fotógrafo para aprender sobre algo. La cámara solo es un instrumento que congela la imagen de la vida misma.
Pero a partir de la imagen existen las múltiples percepciones, sentimientos y emociones de quienes decodifican el mensaje, que son tanto o más valiosos de la habilidad técnica para captarla.

En relación a este asunto de la imagen, el tema y la fotografía --que resume a ambas introduciendo un nuevo elemento que entra a girar en el mundo cultural al que pertenecemos--, quisiera hacer una pequeña digresión hacia otro campo que ilustra algo la cuestión.

Hoy podemos ver la imagen de a una querida colega y docente de la Facultad de Arquitectura --cuya desaparición física luego de una larga enfermedad, nos ha conmovido a todos hace pocos meses--, a través de su registro por la cámara de un fotógrafo que ha conseguido el máximo galardón, en el marco del 54º Premio Nacional de Artes Visuales.

La obra –expuesta en el Museo Nacional de Artes Visuales--, “registra las últimas instancias de la vida de una persona con una enfermedad terminal” tal como definen el tema los comunicados periodísticos.

Si la arquitectura puede ser un tema de registro, sin duda su valor reside mucho más por la densidad que obtiene al ser objeto de apropiación social. Ni que decir de la vida de Bea.

Para algunos espectadores involucrados, la peripecia de Beatriz, que nos duele tanto, convertida en tema de competición artística, ha valido en el mercado de los reconocimientos públicos, 10.000 dólares.
Cualquiera puede verla en el supermercado del arte de un museo contemporáneo.

No es el lugar ni el momento de entrar en la discusión de si el motivo del “artista” ha sido rendir un homenaje. Si denomina su obra con el título “chau Bea” para cerrar –con lo que él sabe hacer—un capitulo doloroso y exorcizar el tema de la muerte, o es una irreverencia a la intimidad de quien no puede ya dar su consentimiento

Pero lo cierto es que el tema es por lo menos discutible desde la sensibilidad de un espectador diverso, que puede verlo como una excelente fotografía, un simple –o capaz que valioso por lo emotivo—registro de un acontecimiento penoso, o un acercamiento lamentable a la intimidad ajena.
Y esa discusión puede sí convertirse en hecho cultural.

Porque la cultura no la hacen solo los buenos fotógrafos. La hacemos todos aceptando o rebelándonos frente al contenido que se nos propone.

En este mundo contemporáneo donde por suerte hemos entendido la riqueza de la diversidad y complejidad de enfoques posibles, podríamos decir que todo vale.
Pero no vale lo mismo.

El valor se lo damos cada uno de los actores de una sociedad construyendo nuestros valores compartidos. Y en esto se juega nuestra calidad como sociedad y nuestra obligación militante con la construcción colectiva de cultura.

Notas:
1. En referencia a la Propuesta de Uruguay del Pabellón de Venecia de éste año, Nicholas Sibille, lector de PATIO, comparte su artículo Ojo.
2 Marshall McLuhan (1964). Understanding Media: The Extensions of Man. New York: McGraw-Hill.
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19.1.11

Angela Perdomo / Cuando todo tiempo pasado fue peor o la vaca explicada

Artículo publicado en Patio en diciembre 2010.
Cuando la Universidad acepta un encargo desde alguna institución externa, lo hace considerando las cualidades del mismo para generar conocimiento que derrame en sus ámbitos específicos.

En tal sentido, aceptar el encargo del Ministerio de Educación y Cultura para decidir y coordinar la forma y el contenido de la participación de Uruguay en la XII Bienal de Arquitectura de Venecia supone un doble desafío: obtener el mejor producto que represente al país, y a la vez generar interés y discusión disciplinar en la Facultad de Arquitectura.

Por eso es de celebrar que aparezcan voces que desde el análisis crítico de las propuestas impulsen el debate que la mayoría de las veces –por mala costumbre, innecesario respeto al fallo de un Jurado o simple apatía–, sabemos ausente.

El artículo aparecido en Patio con el titulo “Bonjour tristesse – Notas (críticas) sobre la arquitectura en Uruguay” que es parte de la muestra ’100 obras y 10 años de Arquitectura Contemporánea en Uruguay’ presentada en el IAAC de Barcelona, merece ser atendido. No solo por la iniciativa de escribir, sino por el involucramiento que supone y los caminos de nuevas prácticas de intercambio cultural que abre.

Invita a leerlo e intentar darle continuidad entablando una suerte de diálogo con esta respuesta, que esperamos sea seguida de otras.

No existe obra ajena a quien la interpreta

En sus notas críticas al Pabellón de Uruguay en la Bienal de Arquitectura de Venecia 2010, los autores de una propuesta –que denominaran “Grand Tour” –, hacen algunas precisiones de opinión sobre la curaduría y el contenido finalmente elegido: cinco narrativas: cinco edificios.

Sin ceder demasiado a la tentación de hacer una crítica de la crítica, es inevitable reconocer que distan de ser “Notas críticas sobre la arquitectura uruguaya”, como reza un tanto pretenciosamente el título.

Paradójicamente, la única arquitectura aludida–y que puede despertar la curiosidad del lector que no ha visto la muestra–, es precisamente, la que incluirían los cinco edificios que la misma contiene y a los que se alude tangencialmente para fundamentar lo inapropiado de la elección curatorial.

Muy bien redactada, la comunicación ensayada es valiosa porque intenta una crítica que no logra esconder –por más citas cultas que incluya–, su condición de estar fundamentada en la propia subjetividad, lo cual es inevitable como acercamiento honesto a la apreciación de cualquier cosa.

Revela el legítimo reclamo de quien desea tener un lugar en un presente que estima le pertenece, pero que le parece que la muestra no representa.

En tal sentido, el equipo autodenominado Fabrica de Paisaje, trabaja bien, no escatima esfuerzos y busca un reconocimiento que generalmente recibe.

En este caso describe las razones de por qué la muestra elegida no es apropiada a través de lo que llaman “las estrategias de la vaca” que dice son tres: Desvalorización disciplinar, Inconsistencia productiva y Anestesia contingente y pasa luego a describir las virtudes de su propuesta Grand Tour aludiendo a la posible existencia de un catálogo donde la misma, resulta autodefinida como “filialmente disciplinar y decididamente optimista”.

Hasta aquí el contenido que puede ser interesante discutir.

La vaca explicada

La muestra trasciende la anécdota de los cinco edificios y su circunstancia histórica, para hablar en el lenguaje de la Arquitectura (con mayúscula: por disciplina, por área del conocimiento Universal, por actividad imprescindiblemente humana, aun sin arquitectos-intérpretes).

Trasciende también la interpretación de si la alfombra es o no pieza arquitectónica.

“¿Pero qué (o cómo) podemos confrontar cuando nos referimos a una modernidad pasada, hurgando en las sombras de edificios e historias de otros tiempos?” se preguntan alarmados los autores del artículo.

En la muestra elegida para representarnos en la Bienal 2010, las obras son el vehículo para hablar de Uruguay participando en el mundo de la Arquitectura, a través del despliegue sutil de la anécdota de la visita de Le Corbusier al Río de la Plata, aludiendo con maestría, a esos términos tan manidos de lo global y lo local, que son la esencia de la fusión fundante de nuestra cultura.

Solo suscribiendo una valoración de las obras a través de una catalogación cronológica de las mismas, se podría entender que la muestra intenta una “…cabalgata nostálgica a un ilustre y próspero pasado”.

Porque siendo cierto que las obras fueron ejecutadas en el pasado no reciente, las mismas pertenecen a diferentes periodos, no responden a una “modernidad redux”, ni tienen un patrón que permita hacerlas parte de una categoría a priori. Y es esa precisamente una apertura polisémica que dificulta lecturas lineales y enriquecen el planteo.

Son ejemplos desafiantes a la imaginación de relaciones aleatorias, invitan a la participación cómplice del intérprete que gusta de explorar sentidos propios y lejos de despertar tristeza, provocan el involucramiento del espectador inteligente.

Si algo tiene la muestra es que no es nostálgica, por más que pueda decirse que las obras –que dan lugar a las narrativas que son lo verdaderamente sustancial de la propuesta: hablar de la vida de la arquitectura en relación a la vida de la gente–, fueron construidas en otros momentos de la historia del país que no es el presente.

Aunque sí son contemporáneas, en tanto viven aún entre nosotros y forman parte de nuestro paisaje cultural arquitectónico. Tal vez intencionadamente diferentes, son tectónicamente fuertes y tienen trayectoria histórica y vida presente.

A la vez, “el inadvertido visitante”, que los articulistas intuyen incapaz de reconocer cualquier referencia culta, recuerda al personaje del típico turista de comedia hollywoodense que encuentra que en Europa “todo es muy viejo”. Solo un personaje así confundiría la poética alfombra del pabellón de Uruguay, con el resto inanimado de una comida propia de los salvajes habitantes del subdesarrollo.

La alfombra es una artefacto creado como pavimento, elemento intermediador entre la tierra y el hombre. Su sola presencia define un lugar, un encuentro, un dejarse estar. Antropización del espacio natural, nace con el deseo mismo de habitar. Es un dispositivo relevante en el hábitat humano desde la antigüedad al presente, tanto desde el punto de vista físico como simbólico. Define en algunas culturas la parcela de identidad del hombre, su relación con los otros y hasta su relación con Dios. Es apoyo, abrigo, texto.

“5 narrativas, 5 edificios” no es para nada “autista y autónomo”.

Es culturalmente inclusivo. Habla de la arquitectura en términos globales y locales.

Independientemente de la época en la cual fueron construidos los edificios, habla del Uruguay en términos de Arquitectura y su participación en la creación de la nacionalidad a través del trabajo de la gente y del encuentro.

La arquitectura expuesta es Arquitectura y es uruguaya. Son realizaciones en clave local, la mayoría realizadas en momentos en que Le Corbusier, símbolo por antonomasia del arquitecto creador –europeo de nacimiento–, no sólo supo valorar y conservar una artesanía rioplatense que acompañó su vida doméstica, sino que pensó libremente en las oportunidades arquitectónicas de un rincón inexplorado de la geografía cultural de la época.

Uruguay, un país extraño y semejante, parece querer decir la muestra al concierto internacional convocado a la Bienal. Remoto, casi exótico, casi europeo. Extraña mezcla de culturas que permitieron que cuando tuvo que hacer arquitectura moderna, fuera creativamente tan criollo como internacional.

No son contemporáneos sus autores, ¿pero acaso eso importaba para ilustrar la consigna “people meet in architecture”?

La Bienal de Venecia no es ni nunca ha sido un atajo para construir un catálogo de arquitectura contemporánea. Por el contrario, procura dejar la libertad de expresión de cada país participante en la elaboración de una respuesta a una temática abierta a múltiples interpretaciones que hagan pensar, más que mostrar lo que –hoy más que nunca—, rápidamente se conoce y se difunde por otros medios.

El Grand Tour

Si la vaca llegara a necesitar explicación, ni que decir de la propuesta Gran Tour.

Con la ventaja de que el “inadvertido visitante” se encontraría con algo parecido a una “instalación artística”, donde podría internarse en el leit motiv del pabellón: un árbol invertido hecho en tanzas de cuyo extremo cuelgan monóculos.

¿Cuántos monóculos llegará a apreciar tal visitante antes de reparar en que todas contienen fotografías de arquitectura, mayormente europea, mayormente conocida, mayormente ya publicada?… ¿Dos?, ¿Tres?

La mayor emoción del pabellón de Uruguay sería ver una vista completa o fragmentada de la Ville Savoye con un solo ojo.

No escapa a quien estas líneas escribe que este comentario parece realizado con malicia, pero de las múltiples lecturas posibles de una propuesta, ésta no deja de ser una de ellas, tal como lo es mirar la propuesta efectivamente realizada, con el lente de “las estrategias de la vaca”.

Es distinto ser criollo a ser hijo bastardo, aunque a veces se parece.

Sentirse bastardo implica mirar con admirada envidia las realizaciones de un mundo donde no se tuvo la suerte de nacer. Intentar por todos los medios de que se sepa que uno pertenece a esa familia que no le reconoce. Desear pasar desapercibido en su malhabido nacimiento sudaca y mirar –aunque sea por un solo ojo—, lo que vería desde la ventanilla del tren si hubiera nacido en Londres, en la época del Grand Tour.

Podría considerarse simpática la inclusión de la experiencia viajera de los estudiantes de arquitectura uruguayos.

“Navegar es preciso” en todos los momentos de la vida. Poderlo hacer por tanto tiempo, con juventud y optimismo, no deja de ser una privilegiada zambullida en la cultura del mundo. Visión sincrónica y vivencial.

Pero mirar por el monóculo arquitectura fotografiada en un viaje o sacada de una publicación, no sólo es limitada y provinciana experiencia, sino que rebaja la inteligencia del viajero aludido a la sola y reducida capacidad visual frente a una estampa inanimada. Con un solo ojo –además–, minusválido hijo bastardo que recorre la lujosa sala familiar sin tocar, sin hacer, sin experimentar nada.

Personas de culturas diferentes construyeron en momentos diferentes el Uruguay que hoy, con inteligencia, se mostró al mundo en el pabellón de la XII Bienal de Arquitectura de Venecia.

Faltó la referencia contemporánea en términos de realizaciones presentes, es cierto. Pero volviendo al viaje de los estudiantes, aparte de las fotos que se traen, ¿existe una nueva arquitectura uruguaya creada a partir de tan valiosa experiencia?

¿Existen en la actualidad nexos reales que vinculen la realización profesional con el viaje de Arquitectura?—se preguntaría tal vez el inadvertido visitante.

Encontrar esos rastros posibles de identificar, sería quizás un buen tema para ilustrar la muestra de la próxima Bienal de Arquitectura, si se desea vincular los grupos de viaje con la arquitectura contemporánea.

Seguramente en ella podrían figurar las obras del equipo Fábrica de Paisaje, llamado a escribir una nueva página de la arquitectura nacional por mérito propio bien ganado.
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25.10.10

Angela Perdomo / El Taller en revista Trazo

Recorre los espacios de la facultad, nos acompaña agazapada en nuestros pensamientos cuando vamos a casa, al estudio, a la oficina. Es una compañera esquiva: nos produce felicidad cuando creemos alcanzarla y angustia cuando convocada, no responde.

La creación es un fantasma etéreo y seductor que reconocemos como componente de nuestras vocaciones, inherente a nuestros saberes. Nos condiciona, nos define, nos inquieta y nos perturba.
Aún ausente, está presente en la hoja en blanco, la partitura vacía, el lienzo impoluto, la piedra para tallar…

No es por tanto exclusiva de la Arquitectura. Ni siquiera de algunos arquitectos. No se nutre de la fama circunstancial que interesa a los cultores del marketing.
Tampoco es una cualidad ni un conocimiento que se adquiere de una vez y para siempre.

Cada persona tiene esa capacidad innata producto de sus sentimientos, pensamientos e imaginación. No se elige ser “creador” ni se puede comprar la condición “creativa”. La creatividad (si bien viene dada en el sujeto), se estimula y se cultiva.

Se pone en juego al momento de imaginar algo que aún no ha sido, algo que está en proceso de “ir siendo”. Algo que tal vez---y solo tal vez--, podrá ser posible en la siempre constante incertidumbre del futuro.

Pero no juega en el vacío. Necesita el frontón que constituyen las vivencias y los conocimientos previos a partir de los cuales se re-produce y desarrolla.

La arquitectura como oficio o profesión, es una parte del trabajo social que hacen quienes se han entrenado en la comprensión y resolución de los problemas del hábitat humano. Necesita articular saberes de otras disciplinas y responder a demandas externas que provienen del medio social en el cual actúa.

Pero también responde a demandas internas, propias de su ámbito dentro del conocimiento humano, que le exigen cuestionar las estructuras convencionales de interpretación de la realidad y aceptar la incertidumbre como componente de sus quehaceres.

Para ello, cuenta con un tipo de pensamiento específico: “el pensamiento proyectual”, que
es un tipo de pensamiento que trabaja con multiplicidad de datos, a través de una trama de relaciones que vinculan aspectos espaciales, técnicos, prácticos, sociales y simbólicos.

Manejando la heterogeneidad, la interacción y el azar, el pensamiento proyectual cumple con las tres condiciones que señalara E. Morin para el pensamiento complejo: es dialógico, recursivo y holográmico.1
Configura sus primeros conceptos expresados en lo que se ha dado en llamar “ideogramas”, que no necesitan ser coherentes ni seguir reglas precisas, salvo cuando alcanzan su madurez y su posible representación codificada en el dibujo técnico.
Ese paso: del concepto a la forma, es lo que llamamos proceso de diseño.

Reconocida su complejidad, podemos abordar nuestro trabajo con la seguridad de que el camino, y ya no solo el resultado, habrá de ser desafiante y enriquecedor. Liberados de la necesidad de alumbrar la idea única, óptima y genial, se puede investigar distintas formas de producción de pensamiento proyectual, a través de la confección de nuevos marcos conceptuales o estrategias de diseño.

En tanto universitario, el arquitecto no solo adquiere las herramientas del oficio sino que debe-puede crear nuevas formas de operar.

Es sabido que el conocimiento se construye colectivamente en función del interés subjetivo de cada uno de los componentes del grupo. Nadie viene vacío de experiencias e intereses. En reconocimiento de ello, en el Taller buscamos construir el terreno fértil donde esa capacidad de imaginar, se despliegue.

La arquitectura y los arquitectos que nos interesan son aquellos que aportan algo al conocimiento, a la emoción, a las subjetividades interrelacionadas en una cultura compartida.
No nos interesa seguir “la moda” complacientemente. Pero sí nos interesa la moda en tanto referente de novedad capaz de aportar antecedentes para alimento de la creación proyectual presente.

En un mundo crecientemente urbanizado e intercomunicado, el territorio de la arquitectura es todo el mundo. Pero la arquitectura no existe solo cuando logra concretarse en el medio material y físico externo al sujeto. Nace y se desarrolla desde el pensamiento a través de la imaginación. Es así, un producto privilegiado de la fantasía.

Hay arquitectos compositores de valiosas partituras aun cuando nunca hayan construido su obra. Y hay arquitectos que son magníficos intérpretes. Unos y otros contribuyen a crear la música con la cual el mundo se despierta cada día.

1 Referencias:
Morin, E. (1990/98) “Introducción al pensamiento complejo”.Barcelona Edit. Gedisa.
Algunos conceptos son más extensamente tratados en Ben Altabef, Clara G.”Heurística en lo proyectual (…)”
Universidad Nacional de Tucumán/FAU. http://www.arqchile.cl


Texto publicado por Angela Perdomo en el último número de la revista TRAZO en el espacio destinado a cada uno de los talleres de la Facultad
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24.8.10

Monteys & Fuertes / Casa collage

Este ensayo reune un conjunto de observaciones que tienen a la casa como centro. Se propone, así, un modo de estudio indirecto, no a través de la historia de la casa, ni de su clasificación tipológica, ni de los hitos de la arquitectura residencial. Del conjunto de aspectos que guardan relación con la casa, se ha dado prioridad a los que inciden en los usos más que en la forma o la construcción.

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(Gustavo Gili, Barcelona 2001)



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23.8.10

Abalos & Herreros / Si queremos cambiar nuestra forma de pensar y proyectar viviendas

Si queremos cambiar nuestra forma de pensar y proyectar viviendas hemos de reconocer que estamos aún bajo el manto protector de cuanto los modernos concluyeron en relación a este tema. Pero nada avala tal prestigio aplicado al presente. No queda rastro del positivismo que animó sus proyectos. El hombre tipo al que iban destinadas es el personaje más escaso del planeta. La familia calvinista es una especie protegida por los gobiernos. La suposición de que la célula –la vivienda– debe engendrar el organismo –el bloque– carece sin más de sentido: ¿por qué habría de ser así, qué valida hoy un bloque? Los espacios para la sociabilidad y la vida colectiva son odiados por los usuarios. La vivienda prefabricada es la historia de un fracaso repetido cuando las manos de los arquitectos tocan las cadenas de producción. Pero se supone aún que es bueno, que es eso lo que hay que hacer, que eso es mejor que lo otro.


Si queremos cambiar nuestra forma de pensar y proyectar viviendas debiéramos repensar la herencia recibida –la moderna y la posmoderna– como formas de entender la privacidad, cuya vigencia es relativa porque lo es la de los sistemas ideológicos que les sustentaban, su concepción del espacio y del tiempo. Nuestra propuesta es elemental: la experiencia reciente de la arquitectura –la moderna y la posmoderna– para sernos útil, debería ser repensada críticamente desde otras posiciones con más sentido hoy, con mayor capacidad de explicarnos a nosotros mismos, a nuestra sociedad y a nuestras ciudades. Y esta reflexión debiera incorporar tanto la teoría como la práctica, alimentándose ambas mutuamente, negándose a entender estos aspectos de la disciplina como momentos separados y/o especializados.


La casa moderna estaba animada por una ideología positivista que hacía buena la proyección limpia y cristalina en un tiempo futuro. Nadie lo ha descrito como Tati con la película Mon Oncle. La casa tenía como foco esa familia trabajadora e intachable que proyectaba sus sueños en un futuro mejor sobre la tierra. Su tiempo era finalista, proyectado hacia delante, construido a través de la nostalgia del futuro. Atrás quedaba el peso de la historia, la oscuridad del hombre y sus sufrimientos y enfermedades. Delante, un trabajo científico y colectivo de redención de todos los males, de plena visibilidad, de identificación entre individuo y sociedad: la realización laica del tiempo teleológico del cristianismo.


La armonía entre el individuo y la estructura social era condición esencial, el ungüento del engranaje positivista: como si la casa fuese una representación homotética de tal engranaje, el salón estaba en relación a la plaza y la terraza al jardín como la vivienda lo estaba al deseable bloque colectivo. Salón, terraza y bloque contenían el proyecto residencial: el salón amplio y diáfano era la representación de la sociabilidad familiar. La terraza el lugar del sol y del cuerpo, de las prácticas saludables.


El bloque era bueno en sí mismo, el sano colectivismo frente al individualismo sospechoso. La visibilidad lo impregna todo en la casa positivista moderna. Esta es en realidad una traslación del Panopticón de Bentham al ámbito de la privacidad. La cultura material y objetual es también restrictiva y puritana: toda la calidad material se reduce a un material único, homologado –el "blanco"– que sirve para realizar paredes, suelos, techos y cuantos elementos arquitectónicos concibamos. El blanco es la pura visibilidad, tan luminoso y limpio, tan diáfano y vacío pero también la medicalización del ambiente, la traslación del higienismo a la cultura material y por tanto, a su través, la completa desdensificación del aire: su reconversión en un concepto cartesiano del espacio, la famosa res extensa hecha realidad, la encarnación del cientificismo positivista.


Los arquitectos posmodernos nos propusieron otros valores, consciente o inconscientemente asociados a filones del pensamiento vigentes en los años de posguerra, que quizás Heidegger sintetice mejor que ningún otro. El tiempo se invirtió: ya no más nostalgia de un futuro tecnificado y perfecto sino añoranza de un pasado armonioso en el que el trabajo artesanal cuidaba de una relación no abusiva con el medio natural. La casa pasó a ser la representación de ese tiempo a origen y su figuración tradicional una fuente de seguridad y certeza. La abstracción y repetición quedaron sustituidos por una nueva atención a la identidad y al lugar, y a sus accidentes, físicos y temporales, como fuente de inspiración.


La cultura objetual admitió y valoró frente al maquinismo objetos y recuerdo del pasado que expresaban la individualidad y el gusto personal. La cultura material se invirtió asimismo: todo lo que emulase una fijación al lugar, a la piedra local, las técnicas y figuras desarrolladas en otros tiempos, sustituyó al blanco: la mejor casa era la construida con los materiales obtenidos de clarear o limpiar el área donde se situaba. La memoria sustituyó a la higiene, el sujeto pasó de realizarse en el futuro a realizarse en la nostalgia de una improbable estabilidad a origen.


Sólo lo más recios supieron escapar a la obviedad de estos valores integrando la duda y la contradicción: los muros de la casa patio de Mies son una poderosa afirmación de intimidad y opacidad en un medio ciegamente poseído por la visibilidad y transparencia: sólo la irresistible ironía de Venturi le permite distanciarse de afirmaciones simplistas haciendo a la vez comprensible ese sueño de una época y su fatal condición de sueño imposible, de caricatura.


El episodio posmoderno (paradójicamente tan fugaz a pesar de su afirmación de estabilidad) fue sin embargo de gran utilidad pues sirvió para airear los debates y abrió las puertas a formas y proposiciones menos dogmáticas que el pensamiento positivista permitiendo entender, por su diametral oposición al tiempo positivista, cuánto el tiempo, la concepción del tiempo, puede servirnos de hilo conductor en una investigación sobre la vivienda que pretenda dirigirse a nuestro mundo actual.


Esta afirmación sin duda puede acarrear una serie interminable de nuevos tópicos sobre la instantaneidad sobre ese tiempo estallado y sin movimiento teleológico ni ontológico, sin fundamento, en el que todo el pensamiento contemporáneo parece moverse, especialmente en el filón postestructuralista francés, de tanto prestigio académico. Al igual que el sujeto contemporáneo pierde precisión y estabilidad y las estructuras sociales se atomizan, el tiempo está instalado en la perplejidad del presente, un presente casi amnésico y sin proyección hacia delante que se traslada a la fugacidad de los objetos y los materiales envolviéndolo todo de una gran falta de precisión ¿Cómo seríamos capaces de representar esta idea del tiempo? ¿Con los gritos expresionistas de las geometrías deconstructivistas? ¿Con la liviandad de las tiendas de un campamento tecnológico al modo de las fantasías de Archigram y más recientemente de Toyo Ito?


No parece oportuno dejarse guiar ciegamente por la moda ni mucho menos rechazar con desprecio la maravillosa herencia que nos han dejado ambos períodos, aún si sus ideologías nos resultan espesas. Quizás haya que repensar sus tópicos con la distancia crítica de Mies o del primer Venturi como un antídoto contra la simplicidad y un acicate para la fantasía. Por ello quizás nuestra única y mejor guía sean las negaciones, lo que ya no nos ofrece sentido de cuantos ideales construyeron moderno y posmodernos. No tiene sentido ni la visibilidad, que hoy sólo puede ser cínica, ni el hombre tipo, ni la nostalgia del futuro, ni la idealización de la casa como representación de la ciudad, ni la vivienda como célula de un organismo superior. No tiene sentido toda la medicalización del aire, ni la represión de lo subjetivo o la desviación. No tiene sentido depositar nuestra fe en la naturalidad de un lugar que ya no transmite estabilidad alguna ni sustituir las técnicas contemporáneas por la emulación de una condición natural sea lo que sea lo que esta expresión -natural– pretenda representar.
No tiene sentido confiar exclusivamente en la memoria, ni esconder el miedo a la incertidumbre en un refugio protector del mundo exterior y del tiempo presente.


Parece un balance terriblemente negativo y pesimista pero si observamos con cuidado podría aceptarse con nosotros que queda un vastísimo campo de afirmaciones implícitas por desplegar. Una de ellas, quizás la más importante, es reconocer que todo lo que hoy podemos construir como teoría contemporánea pasa necesariamente por una reflexión de la experiencia del pasado reciente, que poco más podemos hacer que repensar aquel período a la luz del pensamiento contemporáneo, con la perspectiva que otorga otra concepción del tiempo, menos espesa, menos teleológica: más ligera si se me permite esta expresión.


Dicho esto sólo cabe añadir, antes de exponer la obra propia –exponerla en el sentido de exponerse, de arriesgarse– que el proyecto es una aventura, la aventura de traducir ciegamente tantas negaciones en algunas proposiciones. En ellas reside la veracidad o al menos la verosimilitud, el sentido, de estos argumentos.



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